¿Cómo retratar a las desaparecidas de México?

Marcela Turati entrevista a las fotógrafas Maya Goded y Mayra Martell

Maya Goded y Mayra Martell son dos fotógrafas radicadas en la Ciudad de México que documentan las historias de familias cuyas hijas han sido asesinadas o desaparecidas en Ciudad Juárez. Martell ha trabajado toda su vida —primero en Juárez, su ciudad natal, y luego en Latinoamérica— alrededor de las identidades y vestigios de mujeres jóvenes ausentes, aunque presentes en los espacios que habitaban. Ha documentado también a quienes han sido afectadas por otras formas de violencia, como las madres de personas asesinadas a manos del ejército colombiano o por el día a día en la cultura de las drogas en Sinaloa.

Por su parte, el trabajo de Goded ha sido, como ella misma lo describe, “abordar los temas de sexualidad femenina, la prostitución y la violencia de género en una sociedad donde la definición del rol de las mujeres es sumamente estrecha y la feminidad está cercada por los mitos de la castidad, la fragilidad y la maternidad”. Goded ha fotografiado a las trabajadoras sexuales en la Ciudad de México y en la frontera de México-Estados Unidos, a las comunidades afromexicanas y a los tradicionales curanderos indígenas defendiendo sus territorios.

En esta conversación, ambas fotógrafas hablan con la periodista mexicana Marcela Turati sobre su trabajo que retrata la violencia que sufren las mujeres, la manera en que abordan el dolor que fotografían, las dudas y lecciones aprendidas, así como los conflictos que rodean sus vidas en México, un país donde la gente sigue desapareciendo. Más de 40 mil personas en los últimos doce años.

Maya Goded y Mayra Martell son dos fotógrafas radicadas en la Ciudad de México que documentan las historias de familias cuyas hijas han sido asesinadas o desaparecidas en Ciudad Juárez. Martell ha trabajado toda su vida —primero en Juárez, su ciudad natal, y luego en Latinoamérica— alrededor de las identidades y vestigios de mujeres jóvenes ausentes, aunque presentes en los espacios que habitaban. Ha documentado también a quienes han sido afectadas por otras formas de violencia, como las madres de personas asesinadas a manos del ejército colombiano o por el día a día en la cultura de las drogas en Sinaloa.

Por su parte, el trabajo de Goded ha sido, como ella misma lo describe, “abordar los temas de sexualidad femenina, la prostitución y la violencia de género en una sociedad donde la definición del rol de las mujeres es sumamente estrecha y la feminidad está cercada por los mitos de la castidad, la fragilidad y la maternidad”. Goded ha fotografiado a las trabajadoras sexuales en la Ciudad de México y en la frontera de México-Estados Unidos, a las comunidades afromexicanas y a los tradicionales curanderos indígenas defendiendo sus territorios.

En esta conversación, ambas fotógrafas hablan con la periodista mexicana Marcela Turati sobre su trabajo que retrata la violencia que sufren las mujeres, la manera en que abordan el dolor que fotografían, las dudas y lecciones aprendidas, así como los conflictos que rodean sus vidas en México, un país donde la gente sigue desapareciendo. Más de 40 mil personas en los últimos doce años.

Maya Goded. Marcela y Paty, dos sexoservidoras en el hotel donde viven los hijos de Marcela, de la serie Plaza de la Soledad, 1999.

Marcela Turati: Maya, ¿cómo es que descubres y decides explorar la violencia que viven las mujeres? Y tú, Mayra, ¿cómo decides adentrarte a explorar el mismo tema en tu entorno, de haber sido ser una chica criada y crecida en Ciudad Juárez?

Mayra Martell: Soy hija de madre soltera, una mujer con dos hijos, que hacía malabares con dos trabajos. Fue muy fuerte ver cómo el resto de la familia y nuestro entorno la trataban. Ahí fue cuando noté la violencia. En Ciudad Juárez aprendí a tratar a las personas con mucho amor porque uno nunca sabe lo que los otros están pasando.

Maya Goded: Cuando sales a fotografiar, también vas cargando con tu propia historia. Esto define lo que vas a mirar y lo que tu mirada va a priorizar. Me crié con mujeres que también rompieron esa estructura: un abuela que tuvo que huir de su país, a la edad de 19 años, durante la Guerra Civil española y nunca más volvió a ver a sus padres… Se reinventó y luchó sola. Mi madre también abandonó su hogar a la edad de 19 años, escapando de la violencia intrafamiliar. De Estados Unidos migró a México para estudiar antropología. Ambas decidieron actuar en contra de la violencia que habían vivido. Se movieron. Buscaron sanar. Cada vez que salgo y fotografío mujeres, pienso en ellas.

Dentro de las comunidades marginadas, las mujeres sufren de una mayor exclusión. Empecé a fotografiar esta normalización de la violencia. Me interesé en las mujeres que luchaban por romper los patrones y por rechazar lo que sea que la sociedad esperaba de ellas.

Turati: Maya, en una entrevista mencionaste que tuviste miedo de tu propia maternidad. ¿Miedo a qué? Y, ¿qué estabas buscando cuando fuiste al barrio de La Merced en la Ciudad de México?

Goded: Me rehusaba a formar parte de esta clasificación de ser una buena o mala mujer. Ese cuestionamiento moral cristiano que implica que las mujeres deben sacrificarse por el bien de los hijos y del hogar, sin que se les permita vivir una sexualidad desbordante. Con la maternidad estaba aterrada de perder mi libertad por la que había luchado toda mi vida. Cargaba esos discursos de culpa. La Merced me jaló. Cuando llegué a Plaza Loreto, ésta parecía un microcosmos. condensaba las distintas violencias y solidaridades ente mujeres. Vi cómo los hombres dividen a las mujeres y cómo la violencia las une.

Turati: Mayra, ¿cómo fue que entraste a las casas donde había jóvenes desaparecidas? ¿Cómo te presentabas? ¿Cómo fue que comenzaste a retratar las ausencias?

Martell: Un día, marqué uno de los números escritos en los carteles de mujeres desaparecidas que cubrían el centro de la ciudad. Sabía que el cartel lo había colocado la madre de la chica desaparecida. La primera llamada que hice fue a Hortensia, madre de Erika Carrillo. Le dije que era fotógrafa y que quería entrevistarla. Era obvio que no tenía idea de lo que iba a hacer, y ella de inmediato se dio cuenta de mi torpeza. Reaccionó de una forma amorosa, me invitó a su casa, y ahí es donde todo comenzó. Creo que ella sentía nostalgia cuando me miraba. Yo tenía la edad de su hija en ese entonces, y ella me preguntaba sobre lo que había hecho en los últimos años, dónde había estado, qué había estudiado. Fue una relación muy extraña. Dos desconocidas estableciendo un lazo entrañable, donde el único punto de encuentro era una persona que no estaba. Traté de solucionar el problema de su ausencia con su presencia. Fotografiaba todo lo que era evidencia de la existencia de esa chica: su recámara, sus cartas, su ropa, sus fotografías.

Maya Goded. Zona roja, conocida también como zona de tolerancia, cerca de la frontera entre Estados Unidos y México, donde las sexoservidoras viven aisladas y en espacios cerrados. Esta zona tiene sus orígenes en un sistema reglamentarista mexicano de mediados del siglo XIX. De la serie Plaza de la Soledad, 2009.

Marcela Turati: Maya, ¿cómo es que descubres y decides explorar la violencia que viven las mujeres? Y tú, Mayra, ¿cómo decides adentrarte a explorar el mismo tema en tu entorno, de haber sido ser una chica criada y crecida en Ciudad Juárez?

Mayra Martell: Soy hija de madre soltera, una mujer con dos hijos, que hacía malabares con dos trabajos. Fue muy fuerte ver cómo el resto de la familia y nuestro entorno la trataban. Ahí fue cuando noté la violencia. En Ciudad Juárez aprendí a tratar a las personas con mucho amor porque uno nunca sabe lo que los otros están pasando.

Maya Goded: Cuando sales a fotografiar, también vas cargando con tu propia historia. Esto define lo que vas a mirar y lo que tu mirada va a priorizar. Me crié con mujeres que también rompieron esa estructura: un abuela que tuvo que huir de su país, a la edad de 19 años, durante la Guerra Civil española y nunca más volvió a ver a sus padres… Se reinventó y luchó sola. Mi madre también abandonó su hogar a la edad de 19 años, escapando de la violencia intrafamiliar. De Estados Unidos migró a México para estudiar antropología. Ambas decidieron actuar en contra de la violencia que habían vivido. Se movieron. Buscaron sanar. Cada vez que salgo y fotografío mujeres, pienso en ellas.

Dentro de las comunidades marginadas, las mujeres sufren de una mayor exclusión. Empecé a fotografiar esta normalización de la violencia. Me interesé en las mujeres que luchaban por romper los patrones y por rechazar lo que sea que la sociedad esperaba de ellas.

Maya Goded. Zona roja, conocida también como zona de tolerancia, cerca de la frontera entre Estados Unidos y México, donde las sexoservidoras viven aisladas y en espacios cerrados. Esta zona tiene sus orígenes en un sistema reglamentarista mexicano de mediados del siglo XIX. De la serie Plaza de la Soledad, 2009.

Turati: Mayra, el acceso a la intimidad de las víctimas, a esos cuartos que parecen memoriales, ¿te hicieron sentir algún tipo de compromiso?

Martell: Era una situación llena de sensaciones. En algunas habitaciones todavía podía percibir el olor de las personas. A veces sentía que me observaban. Siempre he sabido que todo es energía, y que de una manera u otra, en la muerte o en la vida, todos compartimos este espacio. En algunas ocasiones, no sentía nada, como si su energía espiritual también se hubiera ido. De todos los casos que he documentado, nadie ha regresado a casa. Lo único que sé hacer es registrar la situación por la que atraviesan los familiares, como una forma de abrazarlos y acompañarlos en los momentos tan difíciles que están viviendo, de los cuales jamás se repondrán.

Turati: Maya, de La Merced después fuiste a Juárez para acompañar a otras mujeres, las madres víctimas de feminicidio. ¿Por qué pensabas que era importante llevar una cámara?

Goded: Un día, una joven indígena, desconocida, fue asesinada en uno de los hoteles más concurridos de La Merced, a plena luz del día. Fue estrangulada con sus propias pantimedias. Seguí el caso durante todo el día. La chica iba a ir a la fosa común. Un hombre dijo que la conocía. Después hubo rumores de que él era su padrote. Estaba impresionada de ver cómo a muchas chicas les cambiaron sus documentos, su identidad, sus nombres, su acta de nacimiento. Como se sabía de la desaparición de mujeres en Ciudad Juárez, me enviaron a hacer un reportaje para una revista. Ciudad Juárez fue el lugar donde me enamoré de mi esposo. En aquel momento, viajé con él a esa ciudad fronteriza para asistir a un festival de cine, y no dejamos de bailar durante tres o cuatro días. Era un sitio lleno de vida. Pero esta vez, todo había cambiado. Descubrí que las mujeres eran secuestradas, víctimas de trata. Entonces empecé a investigar quiénes eran esas chicas: jóvenes, pobres, la mayoría sin hijos.

El gobierno decía que ellas se lo merecían porque corrían por ahí en minifalda y salían de noche, condenándolas por romper las reglas. Fue muy frustrante hablar de mujeres que ya no estaban, de la violencia que no se ve pero que existe de muchas otras formas. No estoy muy segura de que me guste esta serie. Fue muy difícil. Siempre me he quedado corta para hablar de Juárez. Aunque he regresado, siempre me siento indefensa. Volví varias veces para trabajar en distintos formatos: fotografía y videoinstalaciones, con los hijos y las hermanas de las mujeres desaparecidas. Hicimos un video de una de las hermanas de una chica desaparecida que posteriormente se usó como parte de una producción experimental de teatro.

Turati: Mayra, ¿cómo mutó tu retrato de las ausencias-presentes en Juárez a tus siguientes trabajos sobre las violencias que sufren las mujeres? Por ejemplo, las de Sinaloa, las que viven ficheras en Ciudad de México, o las de madres de hijos asesinados por el ejército colombiano?

Martell: Cada proyecto es nuevo para mí. Dejo a un lado los prejuicios, empiezo desde cero y decido qué hacer en el transcurso del proyecto. Ciudad Juárez fue un verdadero desafío emocional. Me tuve contacto con situaciones a las que no estaba acostumbrada: funerales, entrevistas con presuntos homicidas, seguimiento de la nota roja. Asistía a juicios, acompañaba a las madres a identificar los cuerpos que podrían ser de sus hijas. Situaciones muy dolorosas en las que con frecuencia tenía que contener las lágrimas. Ahora sé que si no hubiera vivido todas esas experiencias, nunca hubiera soportado los proyectos que llegaron después.

Maya Goded. Madre buscando a su hija desaparecida, de la serie Desaparecidas, Chihuahua, 2004.

Turati: Mayra, el acceso a la intimidad de las víctimas, a esos cuartos que parecen memoriales, ¿te hicieron sentir algún tipo de compromiso?

Martell: Era una situación llena de sensaciones. En algunas habitaciones todavía podía percibir el olor de las personas. A veces sentía que me observaban. Siempre he sabido que todo es energía, y que de una manera u otra, en la muerte o en la vida, todos compartimos este espacio. En algunas ocasiones, no sentía nada, como si su energía espiritual también se hubiera ido. De todos los casos que he documentado, nadie ha regresado a casa. Lo único que sé hacer es registrar la situación por la que atraviesan los familiares, como una forma de abrazarlos y acompañarlos en los momentos tan difíciles que están viviendo, de los cuales jamás se repondrán.

Turati: Maya, de La Merced después fuiste a Juárez para acompañar a otras mujeres, las madres víctimas de feminicidio. ¿Por qué pensabas que era importante llevar una cámara?

Goded: Un día, una joven indígena, desconocida, fue asesinada en uno de los hoteles más concurridos de La Merced, a plena luz del día. Fue estrangulada con sus propias pantimedias. Seguí el caso durante todo el día. La chica iba a ir a la fosa común. Un hombre dijo que la conocía. Después hubo rumores de que él era su padrote. Estaba impresionada de ver cómo a muchas chicas les cambiaron sus documentos, su identidad, sus nombres, su acta de nacimiento. Como se sabía de la desaparición de mujeres en Ciudad Juárez, me enviaron a hacer un reportaje para una revista.

Ciudad Juárez fue el lugar donde me enamoré de mi esposo. En aquel momento, viajé con él a esa ciudad fronteriza para asistir a un festival de cine, y no dejamos de bailar durante tres o cuatro días. Era un sitio lleno de vida. Pero esta vez, todo había cambiado. Descubrí que las mujeres eran secuestradas, víctimas de trata. Entonces empecé a investigar quiénes eran esas chicas: jóvenes, pobres, la mayoría sin hijos.

El gobierno decía que ellas se lo merecían porque corrían por ahí en minifalda y salían de noche, condenándolas por romper las reglas. Fue muy frustrante hablar de mujeres que ya no estaban, de la violencia que no se ve pero que existe de muchas otras formas. No estoy muy segura de que me guste esta serie. Fue muy difícil. Siempre me he quedado corta para hablar de Juárez. Aunque he regresado, siempre me siento indefensa. Volví varias veces para trabajar en distintos formatos: fotografía y videoinstalaciones, con los hijos y las hermanas de las mujeres desaparecidas. Hicimos un video de una de las hermanas de una chica desaparecida que posteriormente se usó como parte de una producción experimental de teatro.

Turati: Mayra, ¿cómo mutó tu retrato de las ausencias-presentes en Juárez a tus siguientes trabajos sobre las violencias que sufren las mujeres? Por ejemplo, las de Sinaloa, las que viven ficheras en Ciudad de México, o las de madres de hijos asesinados por el ejército colombiano?

Martell: Cada proyecto es nuevo para mí. Dejo a un lado los prejuicios, empiezo desde cero y decido qué hacer en el transcurso del proyecto. Ciudad Juárez fue un verdadero desafío emocional. Me tuve contacto con situaciones a las que no estaba acostumbrada: funerales, entrevistas con presuntos homicidas, seguimiento de la nota roja. Asistía a juicios, acompañaba a las madres a identificar los cuerpos que podrían ser de sus hijas. Situaciones muy dolorosas en las que con frecuencia tenía que contener las lágrimas. Ahora sé que si no hubiera vivido todas esas experiencias, nunca hubiera soportado los proyectos que llegaron después.

Maya Goded. Madre buscando a su hija desaparecida, de la serie Desaparecidas, Chihuahua, 2004.

Turati: Maya, cuando te presentas a una prostituta de La Merced o a una madre que ha perdido a una hija, o a una migrante a la que le quitaron a su hijo recién nacido, ¿cómo les explicas que quieres fotografiarlas? ¿Qué haces para que te acepten?

Goded: Tienes que ser lo más sincera posible en tus intenciones porque sino generas falsas expectativas o te encuentras con algo que no eres. Es difícil. Sigues cuestionando lo qué es ético. Cuando empecé a tomar fotografías, era muy frustrante darse cuenta que uno no va a cambiar nada, que uno es testigo y que es incómodo no ser más que eso. Luego con el tiempo, puedes involucrarte en el activismo.

Turati: Cuéntame más sobre esta pelea interna entre ser fotógrafa-testigo contra el impulso de hacer algo más y distinto ante realidades que te duelen. ¿Lo tienes resuelto o lo sigues resolviendo?

Goded: La lucha interna de ser fotógrafa-testigo ha cambiado lo que soy. En la búsqueda de temas para mis proyectos, intento explorar y registrar todas esas historias de resiliencia y autoconstrucción que muchas veces se originan en el ámbito colectivo y personal, lejos de la esfera política. Mi búsqueda actual se relaciona con la sanación, no sólo a nivel legal —que es muy importante— sino también espiritual y corporal, en nuestra conexión con la tierra y el agua. Después de capturar esas duras realidades, quiero dedicar mi trabajo y energía a documentar pequeños conductores de cambio, como el alivio del dolor que se ha convertido en una herramienta de resistencia. Esta lucha me llena de energía.

Turati: Tus conflictos éticos como fotógrafa, ¿cuáles son, Mayra?

Martell: He tenido conflicto con muchas cosas. La primera fue haber entrevistado a presuntos homicidas. Luché por no juzgar y llevar a cabo las entrevistas lo más objetiva y humanamente posible.

Turati: ¿Cómo te quedas tranquila?

Martell: Creo que lo me causó más angustia fue cuando salí de Ciudad Juárez porque vivía rodeada de madres que me protegían y me escuchaban, y de repente tuve que cambiar mi vida en cuestión de días. A partir de ese momento no he dejado de sentirme sola. Fue como una gran ola que devastó toda mi vida y se llevó todo lo que tenía. Lo resuelvo haciendo mi trabajo, es la única manera que tengo de sentirme presente.

Turati: ¿Qué te pasó? ¿Puedes hablar de ello?

Martell: Dejé Ciudad Juárez a fines de 2009 porque me levantaron. En esas situaciones el gobierno te designa guardias de seguridad para protegerte durante cuatro días, con el fin de que empaques tus cosas y te vayas. Al final me fui a los dos días porque intentaron secuestrarme otra vez, y la gente que estaba a cargo de mi protección tuvo que llevarme directamente al aeropuerto. Mi pareja, en ese momento, me llevó una maleta y el resto de mis cosas me llegaron después por paquetería.

Turati: Qué horrible. ¿Fue por tu trabajo?

Martell: Las cosas se pusieron muy pesadas cuando [el presidente Felipe] Calderón declaró la guerra contra las drogas. La ciudad se volvió un desastre, así que era muy fácil desaparecer gente.

Mayra Martell. Tienda de dibujos artísticos en Avenida Benito Juárez, al lado del Puente Internacional de El Paso, Texas, Ciudad Juárez, 2007. Imagen tomada del libro Ciudad Juárez, 2013.

Turati: ¿Qué tipos de violencias han sufrido como mujeres fotógrafas? ¿Hay que cuidarse de una manera distinta a la que se cuida un hombre en cierto tipo de lugares? ¿Están más vulnerables en este país donde es peligroso ser mujer?

Martell: No he sentido haber sufrido violencia en mis proyectos por ser mujer. Crecí en Ciudad Juárez, donde ser mujer, niña, niño, adolescente es peligroso. Aprendí a moverme y a actuar con discreción cuando me miran. Soy una especie de espía que sabe como responder en cada situación: cambio mi manera de vestir, de hablar, y eso siempre me ha mantenido a salvo donde sea que trabaje. Soy muy consciente de lo que puede significar ser mujer en este tipo de ambientes.

Goded: Me imagino que todas las mujeres fotógrafas han vivido situaciones de violencia y las han normalizado como si fueran parte de ser fotógrafa y de viajar sola. Por eso me encanta el movimiento #MeToo y que las nuevas generaciones cuestionen todo. La manera en que me cuido es estando cerca de otras mujeres. Ellas me advierten de los problemas o de las amenazas. Cada vez más busco esa solidaridad que me ha protegido para que pueda hacer mi trabajo. Éste es un país plagado de violencia, y según los temas que abordas, puedes convertirte en una amenaza para el Estado, aún cuando no te des cuenta. Es peligroso para mujeres y hombres, pero el peligro siempre está diferenciado por el género y particularmente latente para las mujeres en este país. Siempre hay miedo en el aire.

Turati: ¿Qué hacen con la violencia que absorbe su piel, que se queda en el cuerpo cuando te acercas tanto y te quedas tanto tiempo en estas realidades?

Martell: De hecho nunca me he recuperado de todo esto porque al final del día, siguen sucediendo cosas. Por eso, creo que nunca dejaré de trabajar en la denuncia. He visto cosas horribles. Gente cercana a mí ha sido asesinada; madres de mujeres desaparecidas o asesinadas están muriendo. He perdido mi vida personal tantas veces que no puedo recordar cómo era. No sé muy bien dónde termina o empieza mi vida desde que salí huyendo de Ciudad Juárez. No he sido capaz de ubicarme emocionalmente porque lo que sea que esté sucediendo en esa ciudad está más allá de mi entendimiento. Sin embargo, lo que me ayuda cuando me siento tan mal es pensar que mientras puedo sentirme triste, las madres de esas mujeres y niñas deben sentirse mil veces peor, y eso me impulsa a levantarme y ponerme a trabajar. Es necesario acompañar a quienes están padeciendo esas situaciones.

Mayra Martell. Avenida principal, imagen tomada del libro Ciudad Juárez, 2013.

Goded: Cuando estuve trabajando con casos de mujeres desaparecidas y luego fui a Chiapas a realizar un reportaje, tuve mucho miedo de algunas cosas que me sucedieron mientras fotografiaba. La tristeza y el horror invadieron mi cuerpo. No podía dormir. Un día, cuando mi hija tenía trece años, no quería dejarla salir porque estaba asustada, y ella, sabia como siempre ha sido, me dijo: “Ma’, esos son tus fantasmas, no míos. Soluciónalos”. Me di cuenta que no me permitía decir: tengo miedo, siento tristeza, estoy desilusionada. Dejé de tomar fotografías. Ya no viajaba sola como antes. Ya no le veía sentido a fotografiar. Fui a psicoanálisis y exploré otras maneras de sanar y entender el dolor, enfocándome en los dolores que permanecen en el cuerpo.

Empecé a fotografiar mujeres que practican la brujería en el norte de México, así como a investigar sobre las mujeres indígenas y españolas del siglo XVIII que curaban con plantas y fueron acusadas de brujería y quemadas en la hoguera. Comencé a sanar ese dolor aprendiendo de ellas. Mi búsqueda actual comenzó ahí.

También profundicé en las plantas sagradas, alrededor de las cuales este país tiene una gran tradición, y comencé a trabajar con curanderos para entenderlas. Aún cuando la justicia cura, también tienes que sanar a un nivel energético honrando a tus ancestros y a las futuras generaciones. Viniendo de una familia muy racional, esto me ha llevado a cuestionar mis puntos de vista y me ha forzado a tratar de entender las cosas desde otra perspectiva.

Turati: Maya, cuando te presentas a una prostituta de La Merced o a una madre que ha perdido a una hija, o a una migrante a la que le quitaron a su hijo recién nacido, ¿cómo les explicas que quieres fotografiarlas? ¿Qué haces para que te acepten?

Goded: Tienes que ser lo más sincera posible en tus intenciones porque sino generas falsas expectativas o te encuentras con algo que no eres. Es difícil. Sigues cuestionando lo qué es ético. Cuando empecé a tomar fotografías, era muy frustrante darse cuenta que uno no va a cambiar nada, que uno es testigo y que es incómodo no ser más que eso. Luego con el tiempo, puedes involucrarte en el activismo.

Turati: Cuéntame más sobre esta pelea interna entre ser fotógrafa-testigo contra el impulso de hacer algo más y distinto ante realidades que te duelen. ¿Lo tienes resuelto o lo sigues resolviendo?

Goded: La lucha interna de ser fotógrafa-testigo ha cambiado lo que soy. En la búsqueda de temas para mis proyectos, intento explorar y registrar todas esas historias de resiliencia y autoconstrucción que muchas veces se originan en el ámbito colectivo y personal, lejos de la esfera política. Mi búsqueda actual se relaciona con la sanación, no sólo a nivel legal —que es muy importante— sino también espiritual y corporal, en nuestra conexión con la tierra y el agua. Después de capturar esas duras realidades, quiero dedicar mi trabajo y energía a documentar pequeños conductores de cambio, como el alivio del dolor que se ha convertido en una herramienta de resistencia. Esta lucha me llena de energía.

Turati: Tus conflictos éticos como fotógrafa, ¿cuáles son, Mayra?

Martell: He tenido conflicto con muchas cosas. La primera fue haber entrevistado a presuntos homicidas. Luché por no juzgar y llevar a cabo las entrevistas lo más objetiva y humanamente posible.

Turati: ¿Cómo te quedas tranquila?

Martell: Creo que lo me causó más angustia fue cuando salí de Ciudad Juárez porque vivía rodeada de madres que me protegían y me escuchaban, y de repente tuve que cambiar mi vida en cuestión de días. A partir de ese momento no he dejado de sentirme sola. Fue como una gran ola que devastó toda mi vida y se llevó todo lo que tenía. Lo resuelvo haciendo mi trabajo, es la única manera que tengo de sentirme presente.

Turati: ¿Qué te pasó? ¿Puedes hablar de ello?

Martell: Dejé Ciudad Juárez a fines de 2009 porque me levantaron. En esas situaciones el gobierno te designa guardias de seguridad para protegerte durante cuatro días, con el fin de que empaques tus cosas y te vayas. Al final me fui a los dos días porque intentaron secuestrarme otra vez, y la gente que estaba a cargo de mi protección tuvo que llevarme directamente al aeropuerto. Mi pareja, en ese momento, me llevó una maleta y el resto de mis cosas me llegaron después por paquetería.

Turati: Qué horrible. ¿Fue por tu trabajo?

Martell: Las cosas se pusieron muy pesadas cuando [el presidente Felipe] Calderón declaró la guerra contra las drogas. La ciudad se volvió un desastre, así que era muy fácil desaparecer gente.

Mayra Martell. Tienda de dibujos artísticos en Avenida Benito Juárez, al lado del Puente Internacional de El Paso, Texas, Ciudad Juárez, 2007. Imagen tomada del libro Ciudad Juárez, 2013.

Turati: ¿Qué tipos de violencias han sufrido como mujeres fotógrafas? ¿Hay que cuidarse de una manera distinta a la que se cuida un hombre en cierto tipo de lugares? ¿Están más vulnerables en este país donde es peligroso ser mujer?

Martell: No he sentido haber sufrido violencia en mis proyectos por ser mujer. Crecí en Ciudad Juárez, donde ser mujer, niña, niño, adolescente es peligroso. Aprendí a moverme y a actuar con discreción cuando me miran. Soy una especie de espía que sabe como responder en cada situación: cambio mi manera de vestir, de hablar, y eso siempre me ha mantenido a salvo donde sea que trabaje. Soy muy consciente de lo que puede significar ser mujer en este tipo de ambientes.

Goded: Me imagino que todas las mujeres fotógrafas han vivido situaciones de violencia y las han normalizado como si fueran parte de ser fotógrafa y de viajar sola. Por eso me encanta el movimiento #MeToo y que las nuevas generaciones cuestionen todo. La manera en que me cuido es estando cerca de otras mujeres. Ellas me advierten de los problemas o de las amenazas. Cada vez más busco esa solidaridad que me ha protegido para que pueda hacer mi trabajo. Éste es un país plagado de violencia, y según los temas que abordas, puedes convertirte en una amenaza para el Estado, aún cuando no te des cuenta. Es peligroso para mujeres y hombres, pero el peligro siempre está diferenciado por el género y particularmente latente para las mujeres en este país. Siempre hay miedo en el aire.

Turati: ¿Qué hacen con la violencia que absorbe su piel, que se queda en el cuerpo cuando te acercas tanto y te quedas tanto tiempo en estas realidades?

Martell: De hecho nunca me he recuperado de todo esto porque al final del día, siguen sucediendo cosas. Por eso, creo que nunca dejaré de trabajar en la denuncia. He visto cosas horribles. Gente cercana a mí ha sido asesinada; madres de mujeres desaparecidas o asesinadas están muriendo. He perdido mi vida personal tantas veces que no puedo recordar cómo era. No sé muy bien dónde termina o empieza mi vida desde que salí huyendo de Ciudad Juárez.

No he sido capaz de ubicarme emocionalmente porque lo que sea que esté sucediendo en esa ciudad está más allá de mi entendimiento. Sin embargo, lo que me ayuda cuando me siento tan mal es pensar que mientras puedo sentirme triste, las madres de esas mujeres y niñas deben sentirse mil veces peor, y eso me impulsa a levantarme y ponerme a trabajar. Es necesario acompañar a quienes están padeciendo esas situaciones.

Mayra Martell. Avenida principal, imagen tomada del libro Ciudad Juárez, 2013.

Goded: Cuando estuve trabajando con casos de mujeres desaparecidas y luego fui a Chiapas a realizar un reportaje, tuve mucho miedo de algunas cosas que me sucedieron mientras fotografiaba. La tristeza y el horror invadieron mi cuerpo. No podía dormir. Un día, cuando mi hija tenía trece años, no quería dejarla salir porque estaba asustada, y ella, sabia como siempre ha sido, me dijo: “Ma’, esos son tus fantasmas, no míos. Soluciónalos”. Me di cuenta que no me permitía decir: tengo miedo, siento tristeza, estoy desilusionada. Dejé de tomar fotografías. Ya no viajaba sola como antes. Ya no le veía sentido a fotografiar. Fui a psicoanálisis y exploré otras maneras de sanar y entender el dolor, enfocándome en los dolores que permanecen en el cuerpo.

Empecé a fotografiar mujeres que practican la brujería en el norte de México, así como a investigar sobre las mujeres indígenas y españolas del siglo XVIII que curaban con plantas y fueron acusadas de brujería y quemadas en la hoguera. Comencé a sanar ese dolor aprendiendo de ellas. Mi búsqueda actual comenzó ahí.

También profundicé en las plantas sagradas, alrededor de las cuales este país tiene una gran tradición, y comencé a trabajar con curanderos para entenderlas. Aún cuando la justicia cura, también tienes que sanar a un nivel energético honrando a tus ancestros y a las futuras generaciones. Viniendo de una familia muy racional, esto me ha llevado a cuestionar mis puntos de vista y me ha forzado a tratar de entender las cosas desde otra perspectiva.

Mayra Martell. Yanira Fraire, 15 años. El 10 de junio de 2010 fue al banco, ubicado en el centro, para pagar su colegiatura y nunca volvió. Era estudiante de secundaria. En enero de 2012 sus restos fueron encontrados en las afueras de la ciudad. Fue una de las veintiséis víctimas de la organización de trata que operaba en el Hotel Verde, en el centro de Ciudad Juárez, 2013.

Turati: Mayra, ¿qué idea o sensación te asalta cuando ves que ya no sólo es Ciudad Juárez, que vivimos en un país donde mamás con hijos e hijas desaparecidos marchan cada 10 de mayo, o en los mismos lugares que retrataste sigue desapareciendo jovencitas?

Martell: Hay un libro, Juárez, laboratorio de nuestro futuro (1998) de Charles Bowden, con textos de Noam Chomsky y Eduardo Galeano, acompañados de imágenes de fotorreporteros de Ciudad Juárez, que explica muy bien la situación de Juárez y México. Explica la descomposición social de la que ninguno de nosotros puede escapar. En Juárez hubo muchas señales de alerta a nuestro alrededor, a las que nadie les hizo caso porque siempre se trataba del vecino, del pobre, de la chica de la maquiladora. Nadie entendió que si las cosas estaban pasando a la gente al otro lado de la calle, algún día esto iba a llegar a sus hogares también. La violencia es expandible.

Turati: Maya, ¿qué te enseñarías a ti misma, si pudieras conocer a la joven Maya: la fotógrafa que estaba empezando a fotografiar la violencia en La Merced o en Juárez?

Goded: Que debería estudiar filosofía, leer acerca de la cultura en general, porque la técnica se aprende rápido. Al final la fotografía se enriquece de la vida y el conocimiento.

Mayra Martell. Yanira Fraire, 15 años. El 10 de junio de 2010 fue al banco, ubicado en el centro, para pagar su colegiatura y nunca volvió. Era estudiante de secundaria. En enero de 2012 sus restos fueron encontrados en las afueras de la ciudad. Fue una de las veintiséis víctimas de la organización de trata que operaba en el Hotel Verde, en el centro de Ciudad Juárez, 2013.

Turati: Mayra, ¿qué idea o sensación te asalta cuando ves que ya no sólo es Ciudad Juárez, que vivimos en un país donde mamás con hijos e hijas desaparecidos marchan cada 10 de mayo, o en los mismos lugares que retrataste sigue desapareciendo jovencitas?

Martell: Hay un libro, Juárez, laboratorio de nuestro futuro (1998) de Charles Bowden, con textos de Noam Chomsky y Eduardo Galeano, acompañados de imágenes de fotorreporteros de Ciudad Juárez, que explica muy bien la situación de Juárez y México. Explica la descomposición social de la que ninguno de nosotros puede escapar. En Juárez hubo muchas señales de alerta a nuestro alrededor, a las que nadie les hizo caso porque siempre se trataba del vecino, del pobre, de la chica de la maquiladora. Nadie entendió que si las cosas estaban pasando a la gente al otro lado de la calle, algún día esto iba a llegar a sus hogares también. La violencia es expandible.

Turati: Maya, ¿qué te enseñarías a ti misma, si pudieras conocer a la joven Maya: la fotógrafa que estaba empezando a fotografiar la violencia en La Merced o en Juárez?

Goded: Que debería estudiar filosofía, leer acerca de la cultura en general, porque la técnica se aprende rápido. Al final la fotografía se enriquece de la vida y el conocimiento.

*Marcela Turati es una periodista investigadora radicada en México. Es autora de Fuego cruzado: Las víctimas atrapadas en la guerra del narco (2011).

Traducido por Alejandra Zamudio. Traducción de los textos al español generosamente financiada por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Aperture, otoño de 2019, “Mexico City”. Lea más en aperture.org.  La edición de este número se ha producido en colaboración con el Centro de la Imagen.