Pablo López Luz

Por Álvaro Enrigue*

La primera vez que vi una imagen de Pablo López Luz, pensé que su trabajo trataba el problema de la abstracción en la fotografía. Registrar las ondas ricas en minerales de las paredes de roca volcánica de la Ciudad de México, en su serie Piedra Volcánica (2018-19), parecía, a primera vista, una meditación sobre las capas de textura y tono. No fue hasta que vi sus fotos con fragmentos de los detritos de la ciudad —el parachoques de un coche aparcado, mierda de pájaro, una pieza de un poste de luz, basura común— que entendí que el enfoque del artista era exactamente el opuesto: hacer un índice de la piel de la Ciudad de México.

La primera vez que vi una imagen de Pablo López Luz, pensé que su trabajo trataba el problema de la abstracción en la fotografía. Registrar las ondas ricas en minerales de las paredes de roca volcánica de la Ciudad de México, en su serie Piedra Volcánica (2018-19), parecía, a primera vista, una meditación sobre las capas de textura y tono. No fue hasta que vi sus fotos con fragmentos de los detritos de la ciudad —el parachoques de un coche aparcado, mierda de pájaro, una pieza de un poste de luz, basura común— que entendí que el enfoque del artista era exactamente el opuesto: hacer un índice de la piel de la Ciudad de México.

Pablo López Luz, C.U. XV, Ciudad de México, 2018

La piel es el más obvio y misterioso de nuestros órganos: es una fortaleza liminal, nuestra conexión concreta con el mundo, el mapa en movimiento que define a un ser, el códice en el que cualquier belleza que podamos tener interactúa con las marcas de dolores pasados. La autora mexicana Margo Glantz ha escrito que el documento fundamental con el que la generación de los conquistadores reclamó la tierra de las Américas como propiedad era su piel: las cicatrices de los combates pasados eran las únicas inscripciones que quedaban de un momento confuso del que nadie más podía dar testimonio.

Pablo López Luz, Jardines del Pedregal XXVI, Ciudad de México, 2018

La piel es el más obvio y misterioso de nuestros órganos: es una fortaleza liminal, nuestra conexión concreta con el mundo, el mapa en movimiento que define a un ser, el códice en el que cualquier belleza que podamos tener interactúa con las marcas de dolores pasados. La autora mexicana Margo Glantz ha escrito que el documento fundamental con el que la generación de los conquistadores reclamó la tierra de las Américas como propiedad era su piel: las cicatrices de los combates pasados eran las únicas inscripciones que quedaban de un momento confuso del que nadie más podía dar testimonio.

Pablo López Luz, Jardines del Pedregal XXVI, Ciudad de México, 2018

Piedra Volcánica da un principio organizador a la obra de López Luz y se caracteriza por la presencia de paredes que se elevan desde el caos original de la indómita roca basáltica volcánica. El flujo de la piedra entre el cemento de la acera y la pared es un medio para meditar sobre los antiguos orígenes de la Ciudad de México y su asombrosa persistencia: una ciudad de casi sietecientos años de antigüedad que ha pasado por innumerables invasiones, terremotos, bombardeos e inundaciones, pero que siempre resurge como una versión más fuerte y brillante de sí misma. El basalto sin pulir funciona como el registro de un pasado cuya gramática dejamos de procesar hace mucho tiempo, pero que sigue hirviendo en el inconsciente colectivo como nuestra peculiaridad cultural, como una pregunta abierta sobre cómo sería el mundo si los aztecas hubieran ganado la guerra.

Pablo López Luz, Casa Pedregal II, Ciudad de México, 2018

Piedra Volcánica da un principio organizador a la obra de López Luz y se caracteriza por la presencia de paredes que se elevan desde el caos original de la indómita roca basáltica volcánica. El flujo de la piedra entre el cemento de la acera y la pared es un medio para meditar sobre los antiguos orígenes de la Ciudad de México y su asombrosa persistencia: una ciudad de casi sietecientos años de antigüedad que ha pasado por innumerables invasiones, terremotos, bombardeos e inundaciones, pero que siempre resurge como una versión más fuerte y brillante de sí misma. El basalto sin pulir funciona como el registro de un pasado cuya gramática dejamos de procesar hace mucho tiempo, pero que sigue hirviendo en el inconsciente colectivo como nuestra peculiaridad cultural, como una pregunta abierta sobre cómo sería el mundo si los aztecas hubieran ganado la guerra.

Pablo López Luz, Casa Pedregal II, Ciudad de México, 2018

Después de años de trabajo en toda América Latina, en 2018, López Luz regresó a la ciudad de México —su ciudad natal y la mía— donde, ese mismo año, el Museo Experimental El Eco le encomendó realizar una serie de fotografías relacionadas con el edificio del museo, diseñado por el arquitecto neo-mexicanista Mathias Goeritz. López Luz comenzó el proyecto documentando las superficies de piedra volcánica de los templos prehispánicos y coloniales, pero pronto el material de esas construcciones se convirtió en el verdadero tema de su investigación. Ampliando esa búsqueda formalista, comenzó a fotografiar los valles de lava dejados por los volcanes Paricutín y Xitle, así como la arquitectura basáltica modernista de barrios como El Pedregal o Ciudad Universitaria.

Pablo López Luz, Teotihuacán II, Estado de México, 2018

Después de años de trabajo en toda América Latina, en 2018, López Luz regresó a la ciudad de México —su ciudad natal y la mía— donde, ese mismo año, el Museo Experimental El Eco le encomendó realizar una serie de fotografías relacionadas con el edificio del museo, diseñado por el arquitecto neo-mexicanista Mathias Goeritz. López Luz comenzó el proyecto documentando las superficies de piedra volcánica de los templos prehispánicos y coloniales, pero pronto el material de esas construcciones se convirtió en el verdadero tema de su investigación. Ampliando esa búsqueda formalista, comenzó a fotografiar los valles de lava dejados por los volcanes Paricutín y Xitle, así como la arquitectura basáltica modernista de barrios como El Pedregal o Ciudad Universitaria.

Pablo López Luz, Teotihuacán II, Estado de México, 2018

Hay algo extraño en que el fotógrafo redescubra una intimidad con la Ciudad de México después de una larga ausencia, estudiando la persistencia del basalto como material de construcción en la piel de la metrópoli. Crecí en la cima del mismo manto de lava: rodillas y codos rasguñados sin cesar por paredes de piedra tan insidiosas que un balón de fútbol podría romperse si rebota en el punto equivocado. El peligro de esas rocas no se limita a sus bordes ásperos: en la Ciudad de México siempre hay que voltear una piedra con el zapato antes de recogerla porque los alacranes tienden a anidar allí. Pero esa piel volcánica, como la ciudad misma, es dura y hospitalaria al mismo tiempo: ese escalofrío a la sombra de un muro de basalto, su olor cuando llueve, las hermosas formas en que las semillas más valientes extienden sus raíces y abrazan la roca para florecer y permitirnos recordar que por muy duras que sean las ondas en la roca, nuestra piel sigue siendo la marca de nuestra persistente individualidad.

Pablo López Luz, Colonia Anáhuac I, Ciudad de México, 2019

Hay algo extraño en que el fotógrafo redescubra una intimidad con la Ciudad de México después de una larga ausencia, estudiando la persistencia del basalto como material de construcción en la piel de la metrópoli. Crecí en la cima del mismo manto de lava: rodillas y codos rasguñados sin cesar por paredes de piedra tan insidiosas que un balón de fútbol podría romperse si rebota en el punto equivocado. El peligro de esas rocas no se limita a sus bordes ásperos: en la Ciudad de México siempre hay que voltear una piedra con el zapato antes de recogerla porque los alacranes tienden a anidar allí. Pero esa piel volcánica, como la ciudad misma, es dura y hospitalaria al mismo tiempo: ese escalofrío a la sombra de un muro de basalto, su olor cuando llueve, las hermosas formas en que las semillas más valientes extienden sus raíces y abrazan la roca para florecer y permitirnos recordar que por muy duras que sean las ondas en la roca, nuestra piel sigue siendo la marca de nuestra persistente individualidad.

Pablo López Luz, Colonia Anáhuac I, Ciudad de México, 2019

*Álvaro Enrigue es un escritor mexicano radicado en Nueva York y profesor en la Universidad de Hofstra. Su última novela, Ahora me rindo y eso es todo, está por publicarse.

 

Traducido por Enrique Pérez Rosiles. Traducción de los textos al español generosamente financiada por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Aperture, otoño de 2019, “Mexico City”. Lea más en aperture.org. La edición de este número se ha producido en colaboración con Centro de la Imagen.